El Pasador de Libros

Historias de un Pasador de Libros

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colaboraciones a: lawrence.ae@gmail.com

Tuesday, August 28, 2007


Pasadores Lectores
Una infracción insólita


En muchas bibliotecas no se les permite leer a los funcionarios que trabajan en los mesones de préstamo. Leer en el puesto de trabajo representa una mala imagen como institución, equivale a algo así como comer papas fritas o cabritas frente a los usuarios, sin embargo podemos chatear o navegar en Internet, ocultos por el inmenso traste de nuestro computador, pero no leer, cualquier cosa menos algo que delate que el funcionario pueda estar disfrutando de algo, es una actividad reñida con la concentración o una actitud correcta de servicio: “no están haciendo nada”, “están demasiado relajados”, entonces vienen las miradas suspicaces y al rato después un montón de pega inútil para mantenernos ocupados.
Leer en una biblioteca, funcionarios, usuarios, vigilantes, gente del aseo debería ser lo más natural del mundo en una institución como esta. ¿No será que se nos pegó cierta mentalidad milicoide después de tantos años? ¿o será ese chip de dueño de fundo que impera en las jefaturas? Muchos usuarios lejos de sentirse ofendidos por sorprendernos leyendo, preguntan que título tenemos en las manos y en ocasiones hasta toman nota para leerlo después. Es preferible para el jefe “sacar la vuelta” corriendo de un lado a otro con urgencia, como lo hacen algunos, en vez de permanecer sentado en su puesto leyendo. Incentivar la lectura dentro del cuerpo funcionarios podría inclusive disminuir el tiempo de “el chateo”, por ejemplo.
En el tiempo que Elizabeth era mi compañera, muchas veces compartíamos un libro juntos, es decir, nos turnábamos para leer en voz alta (para decirlo de alguna forma, ya que en realidad era en voz bien baja) un libro mientras nuestra jefa se hallaba en desconocidas labores a puertas cerradas en su oficina, hábito bastante sospechoso en un jefe, por ejemplo, mi actual superior permanece todo el día con la puerta abierta y uno sabe perfectamente lo que está haciendo, cerrándola cuando se reúne con otra de las tantas jefas a discutir temas que no todos pueden oír. El asunto es que así pudimos leer “Zanjón la Aguada” de Lemebel o “Diálogos en un tejado” de Edwards por nombrar algunos. Elizabeth una vez que se pone a leer un libro no puede parar, es una actividad indispensable y vital para ella. Casi siempre leía ella porque según su criterio yo era demasiado desabrido para hacerlo, digamos que ella lo hacía con más histrionismo y precisión. Cada vez que nuestra jefa salía de la oficina escondíamos el libro como si estuviéramos haciendo algo terrible.
Leer debería ser parte de nuestro trabajo, especialmente en aquellas bibliotecas en que es indispensable la recomendación de un libro. Y en cualquier otro tipo de biblioteca, leer no es “sacar la vuelta”, es aprovechar un minuto de descanso antes de la llegada de la marejada habitual de gente que solemos atender. Los pasadores de libros no son cajeros de banco, ni ejecutivos de cuenta, ni operadores telefónicos ni funcionarios del registro civil, con todo el respeto que me merecen estos oficios, somos personas que trabajan en una institución cultural y que el acto de leer durante los intervalos en que no hay gente debieran incentivarse y hasta incluso debiera ser tomado como una actividad e autocapacitación.
Lamentablemente este es otro tema que tiene que ver con la distancia, inconsecuente, que tienen muchos bibliotecarios con el mundo de la lectura. ¿Qué mejor campaña que leer a la vista y paciencia de todos? Los conceptos de seriedad, eficiencia no contemplan estos detalles, porque al finalmente eso son, pequeños detalles que nos hacen mejores.

Wednesday, August 01, 2007


Descartados



Oigo a mi jefa decir que habrá un traslado masivo de libros de la sección general al depósito, tendríamos con esto un montón de trabajo por hacer. Unas horas más tarde entro a la bodega de Colección General y encuentro entre las estanterías a una compañera sentada en un banquillo de madera con una mascarilla cubriéndole la nariz y unos guantes protegiéndole las manos, ¿de qué?; del polvo acumulado por los meses y el hollín del desuso. Me pregunté, sin ni una pizca de pedantería, si yo hubiese hecho lo mismo que mi colega en cuanto a protegerme del polvo como si estuviera analizando un objeto radioactivo, pese a mí rinitis incurable no lo hubiera hecho. Sencillamente porque pese a que las hojas ajadas pueden cortar las manos y el polvillo que se desprende de ellas pudiesen adherirse en mi nariz y mi garganta lo que daría paso a una irremediable tos, tener un libro antiguo en mis manos es como poseer por algunos momentos un pequeño tesoro cuyo goce al verlo y revisarlo es muy grande, además que muchos de ellos, especialmente los más viejos tienen un olor muy especial. Otros tienen una bella tipografía y más aún hermosos diseños interiores. Hay ediciones lujosas cuyo papel es una verdadera maravilla y pasar los dedos por esas hojas es semejante o superior a otras experiencias que no tienen que ver con saber intelectual.
En una ocasión una compañera, bibliotecaria, me dijo después de ordenar las estanterías que iba a lavarse las manos y volvía, cosa que me pareció bastante aceptable, no así el comentario que vino después: “yo siempre me lavo las manos después de tomar los libros porque qué sabes tú que clase de mugre tienen”. Nunca había reparado en este asunto, que pese a su dureza tiene algo de lógica, sin embargo, creo que la mayoría de los lectores no se detienen a pensar en esas cosas al ver las hojas empolvadas, no conozco nadie que después de leer vaya a lavarse las manos. No me imagino que podrían contener aquellas manchas negruzcas que se instalan a habitar entre las páginas y de ser algo tan dañino para nuestro organismo preferiría no saberlo.
Hoy en día dentro de nuestra disciplina el libro es visto como un objeto, un instrumento con el cual se trabaja, para muchos el respeto hacia los libros es apreciado por su carácter mítico; “LOS LIBROS” dicho en ese tono ceremonioso que no tiene un valor real ni práctico porque muchos profesionales de la información ni siquiera leen.
Por estos días soy testigo y partícipe de un proceso de descarte en una institución académica, en su mayoría son textos en otros idiomas, francés y alemán principalmente y otros que no se han pedido desde hace por lo menos 30 años. Sastre en francés, Marx, Nietzsche, Hegel, Heidegger, Shopenhauer con sus obras completas en la lengua germánica por nombrar a algunos. Indudablemente que las bibliotecas tienen el problema del espacio lo que requiere ampliaciones o traslado a bodegas en su mayoría subterráneas. Sin embargo, este traslado implica también desechar un saber, como pueden ser algunos idiomas que ya no se aprenden (en la mayoría de los colegios, aunque en los más pudientes los alumnos egresan leyendo y hablando inglés, francés o alemán) o materias y visiones del mundo que quedan obsoletas; ¿puede un saber quedar absolutamente obsoleto? Mi percepción es que no, ya que ese conocimiento formó parte de un pensamiento en determinado momento de la humanidad por lo que permanece como documento histórico, un libro de medicina, de biología, de sexualidad del siglo pasado o antepasado puede ser un texto muy interesante para darnos cuenta acerca de cómo veíamos determinados temas en esa época. En ese sentido su traslado a un archivo no significa que sea desechado absolutamente, pero da cuenta de que ya no nos interesa ese punto de vista. Lo de los idiomas es un poco más complejo por que significa que hay lenguas que van siendo por el inglés norteamericano en todo el mundo, siendo hablado solamente a aquellos países donde sus tentáculos imperialistas lograron imponerse. Todo esto es una demostración más de la utilización del saber funcional y utilitario en reemplazo del saber por placer, del conocimiento gratuito e indiferente a “la pérdida de tiempo” imperante en nuestros días.
Sin duda aquellos libros, pese a las buenas condiciones en que serán conservados, se llenarán de un polvo aún más denso, el olvido. Puede que este sea una mirada demasiado idealista. En un país lejano, en una de sus mejores bibliotecas, muchos pensadores y escritores ya no serán leídos en su lengua original. Este dato quizás no tenga la menor relevancia para el desarrollo intelectual o cultural de nuestro país, pero tampoco es algo de lo que podamos enorgullecernos.

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