La Autoridad
Al Jefe, al encargado o a la autoridad se le designa por que supuestamente sabe más que el resto, porque tiene más experiencia o sapiencia que sus subordinados. Sin embargo, con mucha frecuencia nos encontramos con la sorpresa de que la famosa historia de la pirámide educacional o social, donde manda la ley del mayor esfuerzo, del talento o de los merecimientos es un asunto ficticio, inventado por los dueños del juegos, y que la verdad es que manda cualquiera que tenga apellido, status social, contactos políticos u otro tipo de influencias, todo lo anterior fue cantado por Discépolo en su “Cambalache” hace decenas de años, no hay nada nuevo en mis palabras. Podríamos echarle la culpa también a la especialización; todo el sistema social está tan meticulosa y mecánicamente estratificado, que basta subir o escalar los peldaños establecidos para llegar a ciertos puestos, llámese carreras universitarias, técnicas, magíster o doctorados. El que no escala esta pirámide se queda fuera, no teniendo otra alternativa que la obediencia a los hidalgos que si pasaron las pruebas.Los grados técnicos, por ejemplo, creados para los estratos de clase media más baja, se les forma con un conocimiento restringido para que no puedan desempeñar todas las tareas competentes al oficio, como lo podría hacer alguien con un título profesional, de tal manera que nunca puedan acceder a los cargos superiores, que parecieran estar reservados a una especie de oligarquía, que goza del reparto de los cargos. De esta forma, en especial en los estamentos públicos, se perpetúa una casta burócrata que anquilosa cualquier cambio importante o fundamental que se pueda hacer; el temor a los problemas laborales, la desmotivación y el recelo predominan en las instituciones que tienen la desventura de tener una autoridad mediocre. Esta autoridad fue contratada por una institución que tiene un enfoque determinado para realizar los contratos, por lo tanto, muchas de las personas que entren en ella tendrán un perfil similar; el afán por mandar, escalar, más que la eficiencia para organizar o la idea de crear un objetivo de cierta altura. La autoridad mediocre, sedienta de mando, se rodeará de pares semejantes a ella, igualmente ávidas de poder, la rodearán como hienas peleando por un cupo que los pueda llevar lo más cerca del trono. Todo esto va generando un muy grato ambiente laboral, como ustedes se lo imaginarán. La atmósfera se enturbia y todo cae en un círculo vicioso del que es muy difícil salir.
La autoridad mediocre al no tener o perder las habilidades o conocimientos que alguna vez tuvo por su afán de poder, se vale de distintas escaramuzas para mantener su influencia sobre el personal; abuso de poder, la manipulación o la amenaza, factores que amortiguan cualquier movimiento del empleado, obligándolo a seguir sus incoherentes instrucciones, total el mismo tendrá que dar las explicaciones del caso cuando se requiera tapar los hoyos que el superior dejó. Esto no quiere decir que no haya empleados que falten a sus funciones o que lo hagan mal. Lamentablemente el nivel del empleado público administrativo es muy bajo, es fácil encontrar gente que ni siquiera es capaz de comprender y menos realizar una instrucción simple, las nuevas generaciones no lo hacen nada de mal tampoco. En la pirámide profesional, las diferencias entre los distintos niveles son grandes, de este modo se consolida la estructura y esquema mental y social de que los que mandan tienen mejores capacidades que los de más abajo. La pregunta es que país queremos, ¿un mojón largo y angosto flotando en acequia?
En general se respira un aire de conformismo asfixiante. Unos pocos tratan de remar hacia algún lado y la mayoría actúa como una masa de contención. La cosa no es ponerse a derrocar a los jefes, a mi por lo menos no me interesa hacerlo, pero en alguna medida, lo que nos pasa (benditos los que tengan un trabajo independiente que se que los hay entre ustedes) es un reflejo del modo en que se estructura nuestra sociedad. Lamentablemente los únicos privilegiados para manosear el término innovación son los hombres de negocio, ahí todo vale, en el sector privado también reina la mediocridad, el buen jefe igual necesita de un ser funesto que según él mantenga el orden, la represión aún es un estilo muy común, pero esto significa que estamos movidos por el temor, el miedo a no poder controlar la mediocridad de nuestros trabajadores, al sacador de vueltas, al lisonjero, etc.
Por otro lado, el subordinado eficiente, entregado a su oficio, sufre increíblemente las consecuencias de este estado de cosas; ya que su jefe mediocre, se deshace de sus cargas traspasándoselas a este, cargándolo y reventándolo de pega, ¿para que se le ocurrió ser eficiente al huevón? Y seguimos con ese fatídico estándar; el mediocre, el pillo, sale ganando, escondidito detrás del él mesón del jefe, mientras el tonto saca adelante los proyectos de la empresa o mantiene el prestigio del servicio.
En fin, creo que lo mejor será que me vaya a tomar una cerveza al bar de los viejos, donde llegan los jubilados a hablarme de un país pretérito, donde por último éramos más inocentes.

