Vista a la Penitenciaría
La “Peni” es vista por sus vecinos como algo lejano, aunque muchos cuentan variadas anécdotas ocurridas en su interior y más de alguno tiene algún cercano viviendo tras sus rejas. Pese a que la Penitenciría se encontraba a una cuadra del edificio donde vivía, por la misma callecita Alamos al llegar a Pedro Montt, no había para mi manera de aproximarse a aquella fortaleza, o simplemente no me atreví, y ni siquiera busqué la forma, jamás traspasé el límite que nos mantiene seguro de los antisociales, mientras nos dejan a toda la gente decente y normal en libertad conviviendo entre nosotros, como si eso no fuera a representar ningún peligro.
Al llegar a Pedro Montt nos encontramos con puestos ambulantes que venden los más variados productos a quienes visitan a sus familiares, churrascos, completos, paltos de comida, bebidas etc. El muro y su correspondiente alambrada de púas, me remiten instantáneamente a un campo de concentración o a un campamento de guerra, estamos en guerra los ciudadanos respetables y los malhechores. La mayoría de los negocios que hay por esa calle están relacionados con la cárcel; quioscos, pequeñas oficinas para el papeleo o realización de documentos. El contacto es nulo entre ambos mundos y ni siquiera hay un temor explícito, pese a la corta distancia que los separa, aunque debe haber al menos una inquietud a nivel inconsciente, una cierta tensión que las mismas personas que ligadas al recinto penitenciario transmiten.
Una cosa que unía mi vida cotidiana con la Peni, era la presencia de los furgones de Gendarmería que llevaban a los presos a la Capitán Yávar, los que pasaban frente a mi habitación haciendo temblar el viejo y amplio ventanal. A fuera de la comisaría se apostaban familiares y amigos de los reclusos y trabajadores de la prensa, los que muchas veces permanecían algunas horas sentados en la vereda de la calle esperando a que se presentaran los protagonistas de los hechos. Cuando arribaban los buses se escuchaban los gritos su gente: “Aquí estoy negrito”, “Callaíto nomás compadre, callaíto, aquí estamos nosotros, usted callaíto nomás”, “Juan, Juan, aquí está la niña” etc. etc. Las mujeres a viva voz trataban de dar apoyo a los suyos, desde dentro de los buses también los hombres pedían a sus mujeres silencio y aguante, extraños códigos que simbolizaban, al parecer, pactos o venganzas desconocidas.
Una vez algún vecino relató la única vez que habría sido testigo de una fuga; llegaron los carros policiales, helicópteros y todo un contingente persiguiendo a los reclusos que huían por Alamos, Fábrica y Pedro Montt, uno calló mortalmente herido justo en la vereda del edificio donde entonces vivía, fue un tremendo evento, pero yo jamás había escuchado hablar de él. Muchas veces me paraba en el balcón de la habitación y trataba de ver algo, una luz o cualquier detalle que me revelara un poco de la forma de vivir de los presos. Muchas veces hemos escuchado decir que cualquiera puede caer a la cárcel, es decir, cualquiera puede atropellar a alguien, cualquiera puede matar a otro en un momento de demencia, cualquiera puede robar si se ve en la necesidad o entramparse en el hampa callejera, cualquiera, hay un abanico de posibilidades trágicas para nosotros en una sociedad de derecho, que norma, que dirige y castiga, pero que su vez no está dispuesta a encontrar otra solución que no sea la cárcel o la pena de muerte, en su versión más extrema. Pero como cualquiera también, no estamos allí, una enormidad de gente deja de ser cualquiera al entrar a la cárcel, muchos pasan a ser respetados y la gran mayoría no logra la rehabilitación o dicho de otro modo, transformarse en un cualquiera como nosotros, a los que alguna vez nos ha impedido de caer tras las rejas, únicamente el temor a ser castigados, en el momento en que deseamos cometer algún acto bestial o al pensar en hacerle daño a otra persona.

