El Pasador de Libros

Historias de un Pasador de Libros

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colaboraciones a: lawrence.ae@gmail.com

Tuesday, April 14, 2009


Un Condominio de Rondizzoni



Volví al centro veintiún años después, pero el lado sur de Santiago, en la calle Rondizzoni frente al Parque O’Higgins, a vivir en un condominio que antaño funcionó como fuerte militar en una callecita llamada Alamos. Era un condominio modesto, pero con cierto encanto, sin el menor cuidado estético a no ser por una plaza ubicada en el medio, los ladrillos de que estaba construido estaban a la vista, formando una edificación rústica, además de estar cercada por un muro (elemento heredado de la antigua fortificación) por sus cuatro costados. Viví en aquel lugar una soledad intensa, pero a la vez reconfortante, sin amigos alrededor, sin relacionarme mayormente con gente de mi trabajo, encontrándome casi aislado, solo reunía amigos en ocasiones especiales, varios de los que leen estas líneas formaron parte de esas visitas y compartieron conmigo aquel pequeño espacio.

Tengo la idea de que en estos sectores más antiguos se respira mejor lo que entendemos por barrio; los almacenes, las botillerías y distintos negocios van haciéndose un punto de encuentro para los vecinos. La gente conversando en las calles no es común, excepto cuando salen los jóvenes, sin embargo, en los barrios más populares, la gente sale fuera de la casa, al umbral por los menos o también en las esquinas, al lado de algún almacén o botillería, sobre todo en verano donde la gente transita hasta altas horas y las pequeñas fuentes de sodas permanecen llenas desde la tarde. Este movimiento tiene su esplendor en Diciembre mes en que las fechas navideñas encienden los ánimos y la gente parece tener más disposición a romper con la rutina, motivada por la sensación de fiesta y regocijo.

Mi condominio no tenía una extensa superficie aunque tampoco era demasiado pequeño, pero si la gente vivía una sobre otra, quizás por eso nunca me sentí solo. En Navidad se llenaba de niños jugando y estrenando sus regalos, se veían arbolitos de pascua por todos lados con sus luces de colores, las que a pesar de no ser bellas en si mismas, no pueden dejar de formar parte del decorado navideño. Los aromas para que decir, abriendo la puerta, uno podía percatarse de lo que estaba cocinando el vecino de al lado e incluso algún otro de una torre aledaña. El recuerdo de este lugar, me hace sentir una nostalgia profunda, en ocasiones pienso que cuando perdí parte de aquella melancolía, dejé escapar también un poco de felicidad. Salir al pasillo que hacía las veces de balcón, era encontrarse con otros en la misma soledad, fumando un cigarrillo o simplemente contemplando la noche. Al día siguiente ir a comprar el pan y comentar algo con la dueña del almacén o con el verdulero que se estacionaba al lado de un pequeño barcito, como una especie centinela que a cada tanto remojaba su garganta con una piscola. Personas que nunca conocí en aquel lugar, me acompañaron muchas veces con sus voces, sus olores, sus gritos, peleas, televisores y música a todo volumen, marcaban una presencia amistosa para mí, sin que ellos jamás lo supieran. Hoy en día no vemos a nadie, muchos permanecemos encapsulados dentro de un largo y pálido pasillo y sin balcones, solo a veces se deja escapar la locura de algún desadaptado que deja ver algo de su mundo desesperado y nos vamos contra él para que no interrumpa nuestra tranquilidad. La entrada del Condominio de Rondizzoni era bastante pequeña y los conserjes no cumplían una labor tan significativa como la que hay en los departamentos nuevos, se encontraban en un espacio fuera de las torres y esto marcaba una cierta independencia de ellos con los vecinos, ahora hay que tocar el citófono para que a uno le permitan entrar a u departamento, entonces la gente se siente con más poder. En una ocasión durante una especie de fiesta bajamos un trago y cosas para picar al conserje, con una discreta alegría tomó los adminículos y se metió en su guarida, que quedaba mirando hacia la calle en el jardín del edificio. Aquella era la forma de asegurar que nos avisaría ante cualquier problema que surgiera durante la noche. Al día siguiente una sonrisa amable nos encontraba en la puerta y un apretón de manos sellaba nuestro pacto, así teníamos una cuota de complicidad imposible en estos tiempos de alta seguridad.


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