El Pasador de Libros

Historias de un Pasador de Libros

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colaboraciones a: lawrence.ae@gmail.com

Thursday, May 25, 2006



Un Usuario Pasador
(Una ligera mirada por tres bibliotecas capitalinas)



Una de las cosas que más me produce placer es ir a pedir libros a una biblioteca, distinta de la que trabajo, por su puesto. Fui socio del Instituto Goethe, que me agradaba muchísimo porque prácticamente no me atendían, ninguna de las bibliotecarias tiene dibujada una sonrisa en la cara, no conozco a muchos alemanes como para decir que es una cuestión de carácter o personalidad germánica, pero me parecía estupendo que uno se atendiera solo, el público general espera que uno haga todo por él; claro esta es una característica que corresponde más al usuario que no lee, ¿cómo es esto?, hay mucha gente que usa la biblioteca para llevarles textos escolares a sus hijos, otros buscan libros para la tía o para la anciana que trabajan etc. Hay demasiados que ni siquiera parecieran saberse bien el alfabeto. Recuerdo la película “La Máquina del Tiempo del 2002, en que el bibliotecario era una imagen proyectada de un hombre que respondía a los requerimientos, un sistema digital sofisticadísimo, que no me molestaría para nada que se implementara, claro, muchos pasadores y bibliotecarios cesantes. Muchos usuarios en esta ciudad, llegan al mesón como si fueran alguna gente importante, el hombre medio necesita ser reverenciado, ser tratado con cariño, vencer el anonimato y el ninguneo al que es sometido en su vida diaria. Creo que muchos en este país requieren urgentemente de un reconocimiento.
Otra biblioteca que frecuenté fue la biblioteca de un Mall, llamada “Viva”, un oasis de literario en medio del paseo del consumo. Tenían una colección medianamente abundante, cómics y videos. Es un espacio abierto, acogedor y agradable, con buenos sillones para sentarse y un nivel de infantil pequeño, pero agradable, más una sala de eventos. Durante el fin de semana han llegado hasta allí unas 900 personas según supe una vez. La dueña de la Fundación, propietaria de aquella iniciativa es una señora a la que conozco solamente de vista, digamos que ella puso el capital para esta empresa, sacó los fondos de su abultado bolsillo. Se supone que es una persona de carácter muy fuerte y que su voz resuena por la casona en que funciona la Fundación sobre todo cuando algo le parece mal. Estas bibliotecas están amenazadas constantemente por problemas de fondos, se suponía que los Malls no sacarían más beneficios que de “imagen” en esta iniciativa, pero la verdad es que no fue así, pasado el tiempo, la seguridad del lugar, a cargo de unos hombres vestidos como la policía montada canadiense, guardianes implacables que vigilaban cada uno de mis movimientos dentro de la biblioteca, lo debía financiar la biblioteca, por lo que sus arcas no dieron para tal efecto, adiós policía montada. También, creo, debían donar parte de sus fondos al Mall. Nada es gratis en el mundo del libre mercado.
La última biblioteca que frecuenté antes de que mis estudios y mi trabajo consumieran mi tiempo libre, fue la flamante Biblioteca de Santiago, uno de los últimos estandartes del gobierno que saliente. Este lugar es de esos que lo hacen sentir a uno en otro país, haciéndose evidente la dicotomía entre un sistema que busca implantar infraestructuras modernas, que signifiquen para nosotros una mejor calidad de vida, sin embargo, siento que nuestra mentalidad no está tan avanzada, esto no significa que la gente no se merezca una mejora en su sistema de vida como aquel impresionante edificio, es simplemente una sensación, tampoco estoy en desacuerdo con la iniciativa, como estarlo, yo como muchos, no tenemos para gastar en libros...bueno, de vez en cuando. En este sentido, al pasar por las fauces de este gigante de concreto, pienso, esto está muy bien, en esto hay muchos recursos, es como visitar una biblioteca de un país desarrollado, entonces: ¿Porqué los sueldos son tan bajos?, ¿Porqué hay aún gente haciendo tomas de terreno?, ¿Porqué hay personas que mueren por no poder comprar los medicamentos que necesita?, si se puede invertir tanto dinero en algunas cosas, esa es la sensación contradictoria a la que me refiero. Pienso, que lamentablemente nos hecho expertos en proyectar los que llamamos “La imagen país”.
La biblioteca me dio una grata sorpresa, tiene en sus estanterías varias colecciones de editoriales chilenas medianas con escritores jóvenes, variadas crónicas chilenas y obras históricas. No quiero latearlos describiendo el lugar, mejor será que vayan y experimenten esa sensación de orgullo, de que al parecer estamos remando en buena dirección aunque no tengamos política del libro en cuanto a la relación valor/índices de lectura. Antes que se olvide, no se puede dejar pasar el no pequeño detalle de la placa con el nombre del presidente que tuvo esta magnífica idea, es digna de la monumentalidad del lugar.
Hoy me acaba de contar un usuario que ha habido muchos robos en esta nueva biblioteca, cuya colección no supo definir claramente, no creo que haya sido porque es estúpida, sino porque realmente es una biblioteca para un público masivo, es un espacio para el esparcimiento y la entretención, ¿cultura entretenida? Bien es sabido que nuestra idiosincrasia al parecer tiene una fuerte inclinación a divertirse apropiándose de lo que nos es ajeno, el robo de libros de una biblioteca podría un tema para la próxima ocación.


Thursday, May 11, 2006

El Señor Segall



El señor Segall es un asiduo visitante de la biblioteca, sin duda un espécimen de singulares características. Todos las personas tienen algo especial, a algunos se les nota algo distinto después de mucho tiempo de conocerlos, son los llamados normales o “los nada” como los denomina mi compañera Elizabeth, seres amorfos que caminan junto a la manada, “amebas inconscientes” los llamaba una amiga de juventud. Otros poseen cierta manera de comportarse que llama inmediatamente nuestra atención, muchas veces señalados como “raros” o “medio locos”. Las bibliotecas son potenciales centros de acogida de locos o raros, como recintos cerrados que suelen ser, domina en su ambiente la tranquilidad, al menos para los usuarios, la compañía de libros los relaja y estar rodeado de gente disminuye su sensación de soledad, en cierta forma están resguardados de un mundo que los acosa y los margina, un mundo de dementes, por cierto.
Si bien el señor Segall viene siempre por unos minutos, su visita no pasa inadvertida para quienes lo conocemos. La primera vez que lo vi, yo, absolutamente mimetizado con los normales, me pareció un tipo “raro”. En primer lugar nadie llega con la cola apagada de un cigarro en la boca, el aroma a tabaco rubio chamuscado no es del todo agradable, solo lo es, al menos para mi, cuando el humo toma contacto con el aire, claro está que este fenómeno produce una influencia nociva sobre elemento vital. El señor Segall tiene una estatura media, viste formalmente, con chaqueta y pantalón, un estilo “casual” acompañado muchas veces de un sombrero vaquero. Debe tener unos sesenta años, dice tener origen irlandés, su pelo semi calvo, blanco y sus ojos verdes, que parecieran como si se fueran a disparar, darían un indicio de una ascendencia europea.
El señor Segall viene a la biblioteca para solicitar libros a nombre de un anciano llamado Carlos Weiss Fuhrer, un abogado jubilado que al parecer está postrado en su casa y que además sería su padrastro. Su padre habría sido muerto por militares.
A lo largo de los años las desvariaciones del señor Segall han ido aumentando o agravándose, si se le mira desde el punto de vista de alguien normal, de lo contrario podríamos decir que su repertorio de historias se ha engrosado y también se han vuelto más complejas. Las primeras que nos relataba aún en ese entonces, dejaban entrever cierta ilación y verosimilitud.
Segall vivió, según estas anécdotas, mucho tiempo fuera del país desempeñando distintos oficios, uno de los que más habla es el de su incursión en un barco petrolero de Brazil, tal vez sea esta la causa de su fijación con la materia del petróleo, ya que según él todo asunto político esconde alguna intriga con el petróleo, “esas son cosas del petróleo” y viene la correspondiente cita a un libro de John Le Carre o Frederick Forsyth que alguna vez escribieron sobre el medio oriente y los asuntos norteamericanos del oro negro. Para mí es realmente un enigma su obsesión con el espionaje, una pasión enfermiza por las persecuciones secretas, secretos de estado, detalles escabrosos de la política internacional, conexiones que harían las delicias de Ludlum, De Mille o Clancy. Hay películas basadas en estos autores que realmente valen la pena, “El Sastre de Panamá”, “El Jardinero Fiel” de Le Carre; “El Archivo Odessa” o “El Chacal” de Forsyth, de Ludlum “The Bourne Identity” por ejemplo, las novelas de estos autores tan citados por el señor Segall, no las he leído, por lo tanto no puedo asegurar que puedan provocar un daño o una adicción descontrolada, pero el acervo de nuestro personaje tiene que haber salido de alguna parte, de algún trauma o como él nos relata, el accidente que habría sufrido cuando un bus lo chocó frontalmente, lo que lo dejó, entre otras cosas, fuera de carrera militar que pretendía seguir y que además le ha producido ciertos problemas motrices como el temblor que experimenta en su mano cuando sostiene la cola del cigarro.
Otra de sus obsesiones y la de muchos otros veteranos, es la cuestión de la segunda guerra mundial y los nazis. En muchos señores está la necesidad literaria de reconstruir hechos ocultos de ese período o devorar la diversa literatura que habla de los héroes del Tercer Reich. Creo que todo ese seguimiento implica la ansiedad de resolver un misterio, conspiraciones, alianzas insospechadas. La conspiración, el secreto, la persecución, son temáticas recurrentes en ciertos estados mentales perturbados, quizás la industria literaria está sacando provecho de eso y como son de consumo masivo estaríamos ante la terrible revelación de que estamos rodeados de seres un tanto anormales (lo que para algunos supongo que no es ningún misterio); historias llenas de enigmas, claves que involucran a la iglesia, a los nazis, a Jesucristo a los musulmanes, toda una paranoia narrativa como si estuviésemos recién descubriendo que nos han mentido durante siglos y hoy con el desarrollo de las comunicaciones lo siguen haciendo con más fuerza.
El señor Segall escucha el disco que da vueltas sin parar en su cabeza mientras camina a todas horas por el Centro de Santiago donde muchas veces nos encontramos, la última vez iba en busca de un chaleco chilote al Centro Cultural Palacio La Moneda, que podría ser un tema para un próximo capítulo a propósito de los trapitos al sol del gobierno de Lagos. Me parece que el personaje muestra cierta normalidad en la calle más que en la biblioteca, sin embargo, hemos de saber que sus ideas siguen bullendo la mayor parte del tiempo, en un interminable soliloquio.

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