RECUERDOS Y RECORRIDOS
Una vida en el Centro de Santiago
Infancia
Desde niño, no manifesté ni el menor sentimiento por el centro de Santiago, pese a que viví allí un par de años durante mi niñez y realicé mi secundaria en el Liceo Aplicación de Cumming. Mi recorrido después de la salida de clases, era paupérrimo, caminaba por la Alameda desde Cumming hasta Teatinos donde pasaba la Macul Palmilla rumbo a mi casa, en la Florida. Durante esos años, ignoré absolutamente calles como Concha y Toro, República, Brasil (que hasta me parecía extraña con tanto comercio de repuestos mecánicos, incluso la propia Cumming). Prácticamente veía el Centro con una mirada funcional; compras, cine, paseos con alguna joven colegiala tomando helado, punto. A este respecto, quizás una de los pocos lugares que tuvo cierta relevancia para mi, fue la Plaza Santa Ana, donde íbamos a ver a las amigas del Liceo 1, una placita que no ha cambiado en lo más mínimo, sigue ahí tal cual, lo mismo que el condominio que lo rodea y la Iglesia al frente. Allí se pueden ver pequeños grupos alrededor de una banca. Mi verdadera relación con Santiago nació cuando me fui a vivir al centro de la ciudad, entrada la adultez.
En mi infancia ya había estado sumergido en un Centro de Santiago, con una imagen más bien gris, sin embargo, con el correr del tiempo ciertos testimonios me han dado otra versión, de una zona con un comercio muy activo. No obstante, muchos puntos, permanecían olvidos y derruidos, hasta la actualidad. Vivíamos con mi madre, mi tía y abuela en García Reyes con Huérfanos. Una construcción dividida en dos casas, con un amplio pasillo común que actuaba como patio. Allí recuerdo haber tenido mi primera experiencia telúrica. Las paredes ajadas de las habitaciones, resistían los temblores mientras un niño pasmado, se sujetaba con sus manos al viejo catre viendo como las cosas se caían al suelo, aquel es uno de mis poco recuerdos. En mi calidad de afortunado hijo único, aprendí a entretenerme sin hermanos ni amigos. Me acompañaba el legendario cómics de Barrabases y piezas de Ludo con las que armaba equipos de fútbol y toda una fantasía deportiva.
En lo que respecta al barrio, recuerdo vagamente, un deteriorado vecindario con casas antiguas a punto de desmoronarse, de hecho esa casa fue demolida tiempo después y luego vino la remodelación de Castillo Velasco quien construyó montones de edificios nuevos, económicos y coloridos que desgraciadamente no tenían nada que ver el estilo clásico o antiguo del entorno, pero que, sin embargo, revivieron una parte del Centro de Santiago.
Un episodio simbólico de lo que representaba aquel barrio para mi, lo viví en un clásico almacén con sus altas y repletas estanterías, con una variedad impresionante de mercaderías, en su mayoría productos de abarrotes. Un día que fui a comprar una golosina al almacén, entró una señora ancha y de mediana estatura, con vestido medio ajado. Pidió algunas cosas y cuando se registró los bolsillos de su vestido, cayó un cuchillo al suelo, rápidamente lo recogió y volvió a guardarlo. Aquella escena me causó verdadero pavor. Quizás no era nada del otro mundo, incluso pudo haber sido un hecho totalmente fortuito, pero la expresión de ese rostro me dejé helado.
Fue una época un tanto gris, como el paisaje que me circundaba, tardaron muchos años antes que reivindicara el valor y significado del Centro de Santiago. Luego de abandonar la casa de García Reyes, la familia se separó, con mi padre recién llegado del extranjero, volvimos a Maipú, donde lo más interesante que había era el Templo y la línea férrea poco después de la separación entre el camino a la comuna y la entrada a Melipilla. La casa en la que habité por aquellos años, hasta mediados de los ochentas, eran todas iguales, pegadas a una al lado de la otra y la Avenida
Pajaritos no presentaba la imagen remodelada la actualidad. Lo antiguo causaba en mi cierta angustia y rechazo, los escombros o las mansiones deshabitadas un temor exacerbado, no comprendía la historia que se atesoraban detrás de aquellas fachadas, ni en los adoquines o las vías del Trolley aún visibles, ni de los viejos emporios y los viejos sentados en la plaza. Muchos años después, fui no solo acostumbrándome a este paisaje, sino valorándolo más que ningún rincón de esta ciudad, transformándose además en el motivo de los relatos que les contaré en los próximos capítulos.
Fotos de A.C.