El Pasador de Libros

Historias de un Pasador de Libros

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colaboraciones a: lawrence.ae@gmail.com

Tuesday, September 22, 2009


Paseos por el Parque O’Higgins




La presencia del Parque O’higgins ex Cousiño, es bastante significativa para el barrio Rondizzoni, por historia, como punto de referencia, por ciertas tradiciones que aún representa y que además, soluciona en parte uno de los grandes problemas urbanísticos de la ciudad de Santiago, que es la ausencia de áreas verdes, constituyéndose en una alternativa para los paseos familiares, especialmente de las clases populares y medias. Muchos de ellos hacen picnics y asados sobre los pastos o sentados en sus mesas de madera. Los días viernes van muchos jóvenes de institutos de educación superior aledaños y tiran longanizas a las parrillas (dispuestas una por cada mesa) las que sirven de acompañamiento para las innumerables cervezas y cajas de vino, la brisa que producen los frondosos y grandes árboles, más el clima distendido y relajado del ambiente, hace que los líquidos fermentados surtan un efecto más poderoso y estos mismos antiguos y enormes árboles que pueblan el Parque, les sirven como apoyo o escondite para sus más urgentes necesidades biológicas producidas por el alcohol.
Imposible e injusto resultaría olvidar la laguna del Parque Japonés, turbia y con sospechosas sustancias nadando en su interior, la que es usada como una piscina improvisada por decenas de valientes e intrépidos infantes que sumergen sus cuerpecitos en el interior de esas aguas. Algo más dignificante se aprecia por las orillas de la laguna, donde las familias extienden una manta sobre el césped, no muy bien cuidado y sacan bebidas más distintos comestibles, especialmente pollos asados o sándwiches especiales para la ocasión, sus rostros y gestos manifiestan un gran gozo, es un panorama tan íntimo como social.
Otros van a practicar deportes en las distintas canchas; patinaje, basketball, tenis o simplemente recorren los caminos del Parque en bicicleta. Personalmente y así como mucha gente que prefiere permanecer recluida en su estrecho nicho llamado departamento, no fui un visitante asiduo al Parque, aunque cuando me alejé de esos barrios, comencé a visitarlo más, invadido por la nostalgia que suele aparecer con gran fuerza después de los treinta y tantos, sobre todo con los rincones que uno tuvo más a mano y no valoró lo suficiente en su momento.
El Parque tiene también sus bordes y calles que lo acordonan. Una de ellas es Beucheft (ahora calle Rector Juvenal Hernández Jaque). Una caminata por esta vía, puede llegar a ser un agradable paseo, una experiencia gratificante, primero porque los árboles que milagrosamente emergen del parque dan sombra prácticamente hasta la mitad del espacio, que se podría denominar vereda, pero que en realidad es un camino de arenilla, lo segundo, es la arquitectura de las casas y los hermosos y pequeños pasajes que la interceptan, que nos dan la impresión de entrar por un cuadro que nos transporta a otro tiempo, que testimonia una manera distinta de vivir, que quedó en el pasado, pero que nos reconforta cuando la vemos. Sin embargo, las nuevas construcciones se han alzado en los alrededores, esto naturalmente porque es un sector residencial y revalorado con el tiempo. En la calle Club Hípico por ejemplo, la verdad es que si bien no puedo irme en contra de manera tan drástica contra estas edificaciones, ya que vivo en una de ellas, la mayoría tiene la gran desventaja arquitectónica, no guardan ni la menor relación estética con el conjunto y sus habitantes ni hablar, tampoco aportan mucho a la vida del barrio, la mayor parte no comparte con su entorno, es raro ver a estos vecinos en el Parque, o en algún bar de los alrededores, o conversando con la dueña del almacén, más bien se creen el cuento de que viven en un lugar exclusivo y se encierran en sus jaulas. Poca es la gente que se ve paseando por este barrio, ¿será que habrá mayoritariamente adultos mayores?, ¿será que los paseos han quedado relegados a la sección de “perdida del tiempo” en la nutrida agenda del santiaguino contemporáneo? La gente ocupa el lugar donde vive de una manera extremadamente funcional y prácticamente no mantienen un vínculo con su ambiente. El uso del auto, en los nuevos condominios, es un factor fundamental para este desapego con el entorno, aunque tengo amigos que no tienen vehículo y tampoco salen a caminar por las calles o intentan conocer un poco más el lugar donde viven.

Tuesday, July 07, 2009


Vista a la Penitenciaría



La “Peni” es vista por sus vecinos como algo lejano, aunque muchos cuentan variadas anécdotas ocurridas en su interior y más de alguno tiene algún cercano viviendo tras sus rejas. Pese a que la Penitenciría se encontraba a una cuadra del edificio donde vivía, por la misma callecita Alamos al llegar a Pedro Montt, no había para mi manera de aproximarse a aquella fortaleza, o simplemente no me atreví, y ni siquiera busqué la forma, jamás traspasé el límite que nos mantiene seguro de los antisociales, mientras nos dejan a toda la gente decente y normal en libertad conviviendo entre nosotros, como si eso no fuera a representar ningún peligro.

Al llegar a Pedro Montt nos encontramos con puestos ambulantes que venden los más variados productos a quienes visitan a sus familiares, churrascos, completos, paltos de comida, bebidas etc. El muro y su correspondiente alambrada de púas, me remiten instantáneamente a un campo de concentración o a un campamento de guerra, estamos en guerra los ciudadanos respetables y los malhechores. La mayoría de los negocios que hay por esa calle están relacionados con la cárcel; quioscos, pequeñas oficinas para el papeleo o realización de documentos. El contacto es nulo entre ambos mundos y ni siquiera hay un temor explícito, pese a la corta distancia que los separa, aunque debe haber al menos una inquietud a nivel inconsciente, una cierta tensión que las mismas personas que ligadas al recinto penitenciario transmiten.

Una cosa que unía mi vida cotidiana con la Peni, era la presencia de los furgones de Gendarmería que llevaban a los presos a la Capitán Yávar, los que pasaban frente a mi habitación haciendo temblar el viejo y amplio ventanal. A fuera de la comisaría se apostaban familiares y amigos de los reclusos y trabajadores de la prensa, los que muchas veces permanecían algunas horas sentados en la vereda de la calle esperando a que se presentaran los protagonistas de los hechos. Cuando arribaban los buses se escuchaban los gritos su gente: “Aquí estoy negrito”, “Callaíto nomás compadre, callaíto, aquí estamos nosotros, usted callaíto nomás”, “Juan, Juan, aquí está la niña” etc. etc. Las mujeres a viva voz trataban de dar apoyo a los suyos, desde dentro de los buses también los hombres pedían a sus mujeres silencio y aguante, extraños códigos que simbolizaban, al parecer, pactos o venganzas desconocidas.

Una vez algún vecino relató la única vez que habría sido testigo de una fuga; llegaron los carros policiales, helicópteros y todo un contingente persiguiendo a los reclusos que huían por Alamos, Fábrica y Pedro Montt, uno calló mortalmente herido justo en la vereda del edificio donde entonces vivía, fue un tremendo evento, pero yo jamás había escuchado hablar de él. Muchas veces me paraba en el balcón de la habitación y trataba de ver algo, una luz o cualquier detalle que me revelara un poco de la forma de vivir de los presos. Muchas veces hemos escuchado decir que cualquiera puede caer a la cárcel, es decir, cualquiera puede atropellar a alguien, cualquiera puede matar a otro en un momento de demencia, cualquiera puede robar si se ve en la necesidad o entramparse en el hampa callejera, cualquiera, hay un abanico de posibilidades trágicas para nosotros en una sociedad de derecho, que norma, que dirige y castiga, pero que su vez no está dispuesta a encontrar otra solución que no sea la cárcel o la pena de muerte, en su versión más extrema. Pero como cualquiera también, no estamos allí, una enormidad de gente deja de ser cualquiera al entrar a la cárcel, muchos pasan a ser respetados y la gran mayoría no logra la rehabilitación o dicho de otro modo, transformarse en un cualquiera como nosotros, a los que alguna vez nos ha impedido de caer tras las rejas, únicamente el temor a ser castigados, en el momento en que deseamos cometer algún acto bestial o al pensar en hacerle daño a otra persona.

Tuesday, April 14, 2009


Un Condominio de Rondizzoni



Volví al centro veintiún años después, pero el lado sur de Santiago, en la calle Rondizzoni frente al Parque O’Higgins, a vivir en un condominio que antaño funcionó como fuerte militar en una callecita llamada Alamos. Era un condominio modesto, pero con cierto encanto, sin el menor cuidado estético a no ser por una plaza ubicada en el medio, los ladrillos de que estaba construido estaban a la vista, formando una edificación rústica, además de estar cercada por un muro (elemento heredado de la antigua fortificación) por sus cuatro costados. Viví en aquel lugar una soledad intensa, pero a la vez reconfortante, sin amigos alrededor, sin relacionarme mayormente con gente de mi trabajo, encontrándome casi aislado, solo reunía amigos en ocasiones especiales, varios de los que leen estas líneas formaron parte de esas visitas y compartieron conmigo aquel pequeño espacio.

Tengo la idea de que en estos sectores más antiguos se respira mejor lo que entendemos por barrio; los almacenes, las botillerías y distintos negocios van haciéndose un punto de encuentro para los vecinos. La gente conversando en las calles no es común, excepto cuando salen los jóvenes, sin embargo, en los barrios más populares, la gente sale fuera de la casa, al umbral por los menos o también en las esquinas, al lado de algún almacén o botillería, sobre todo en verano donde la gente transita hasta altas horas y las pequeñas fuentes de sodas permanecen llenas desde la tarde. Este movimiento tiene su esplendor en Diciembre mes en que las fechas navideñas encienden los ánimos y la gente parece tener más disposición a romper con la rutina, motivada por la sensación de fiesta y regocijo.

Mi condominio no tenía una extensa superficie aunque tampoco era demasiado pequeño, pero si la gente vivía una sobre otra, quizás por eso nunca me sentí solo. En Navidad se llenaba de niños jugando y estrenando sus regalos, se veían arbolitos de pascua por todos lados con sus luces de colores, las que a pesar de no ser bellas en si mismas, no pueden dejar de formar parte del decorado navideño. Los aromas para que decir, abriendo la puerta, uno podía percatarse de lo que estaba cocinando el vecino de al lado e incluso algún otro de una torre aledaña. El recuerdo de este lugar, me hace sentir una nostalgia profunda, en ocasiones pienso que cuando perdí parte de aquella melancolía, dejé escapar también un poco de felicidad. Salir al pasillo que hacía las veces de balcón, era encontrarse con otros en la misma soledad, fumando un cigarrillo o simplemente contemplando la noche. Al día siguiente ir a comprar el pan y comentar algo con la dueña del almacén o con el verdulero que se estacionaba al lado de un pequeño barcito, como una especie centinela que a cada tanto remojaba su garganta con una piscola. Personas que nunca conocí en aquel lugar, me acompañaron muchas veces con sus voces, sus olores, sus gritos, peleas, televisores y música a todo volumen, marcaban una presencia amistosa para mí, sin que ellos jamás lo supieran. Hoy en día no vemos a nadie, muchos permanecemos encapsulados dentro de un largo y pálido pasillo y sin balcones, solo a veces se deja escapar la locura de algún desadaptado que deja ver algo de su mundo desesperado y nos vamos contra él para que no interrumpa nuestra tranquilidad. La entrada del Condominio de Rondizzoni era bastante pequeña y los conserjes no cumplían una labor tan significativa como la que hay en los departamentos nuevos, se encontraban en un espacio fuera de las torres y esto marcaba una cierta independencia de ellos con los vecinos, ahora hay que tocar el citófono para que a uno le permitan entrar a u departamento, entonces la gente se siente con más poder. En una ocasión durante una especie de fiesta bajamos un trago y cosas para picar al conserje, con una discreta alegría tomó los adminículos y se metió en su guarida, que quedaba mirando hacia la calle en el jardín del edificio. Aquella era la forma de asegurar que nos avisaría ante cualquier problema que surgiera durante la noche. Al día siguiente una sonrisa amable nos encontraba en la puerta y un apretón de manos sellaba nuestro pacto, así teníamos una cuota de complicidad imposible en estos tiempos de alta seguridad.


Monday, March 23, 2009



RECUERDOS Y RECORRIDOS

Una vida en el Centro de Santiago


Infancia




Desde niño, no manifesté ni el menor sentimiento por el centro de Santiago, pese a que viví allí un par de años durante mi niñez y realicé mi secundaria en el Liceo Aplicación de Cumming. Mi recorrido después de la salida de clases, era paupérrimo, caminaba por la Alameda desde Cumming hasta Teatinos donde pasaba la Macul Palmilla rumbo a mi casa, en la Florida. Durante esos años, ignoré absolutamente calles como Concha y Toro, República, Brasil (que hasta me parecía extraña con tanto comercio de repuestos mecánicos, incluso la propia Cumming). Prácticamente veía el Centro con una mirada funcional; compras, cine, paseos con alguna joven colegiala tomando helado, punto. A este respecto, quizás una de los pocos lugares que tuvo cierta relevancia para mi, fue la Plaza Santa Ana, donde íbamos a ver a las amigas del Liceo 1, una placita que no ha cambiado en lo más mínimo, sigue ahí tal cual, lo mismo que el condominio que lo rodea y la Iglesia al frente. Allí se pueden ver pequeños grupos alrededor de una banca. Mi verdadera relación con Santiago nació cuando me fui a vivir al centro de la ciudad, entrada la adultez.En mi infancia ya había estado sumergido en un Centro de Santiago, con una imagen más bien gris, sin embargo, con el correr del tiempo ciertos testimonios me han dado otra versión, de una zona con un comercio muy activo. No obstante, muchos puntos, permanecían olvidos y derruidos, hasta la actualidad. Vivíamos con mi madre, mi tía y abuela en García Reyes con Huérfanos. Una construcción dividida en dos casas, con un amplio pasillo común que actuaba como patio. Allí recuerdo haber tenido mi primera experiencia telúrica. Las paredes ajadas de las habitaciones, resistían los temblores mientras un niño pasmado, se sujetaba con sus manos al viejo catre viendo como las cosas se caían al suelo, aquel es uno de mis poco recuerdos. En mi calidad de afortunado hijo único, aprendí a entretenerme sin hermanos ni amigos. Me acompañaba el legendario cómics de Barrabases y piezas de Ludo con las que armaba equipos de fútbol y toda una fantasía deportiva.
En lo que respecta al barrio, recuerdo vagamente, un deteriorado vecindario con casas antiguas a punto de desmoronarse, de hecho esa casa fue demolida tiempo después y luego vino la remodelación de Castillo Velasco quien construyó montones de edificios nuevos, económicos y coloridos que desgraciadamente no tenían nada que ver el estilo clásico o antiguo del entorno, pero que, sin embargo, revivieron una parte del Centro de Santiago.
Un episodio simbólico de lo que representaba aquel barrio para mi, lo viví en un clásico almacén con sus altas y repletas estanterías, con una variedad impresionante de mercaderías, en su mayoría productos de abarrotes. Un día que fui a comprar una golosina al almacén, entró una señora ancha y de mediana estatura, con vestido medio ajado. Pidió algunas cosas y cuando se registró los bolsillos de su vestido, cayó un cuchillo al suelo, rápidamente lo recogió y volvió a guardarlo. Aquella escena me causó verdadero pavor. Quizás no era nada del otro mundo, incluso pudo haber sido un hecho totalmente fortuito, pero la expresión de ese rostro me dejé helado.
Fue una época un tanto gris, como el paisaje que me circundaba, tardaron muchos años antes que reivindicara el valor y significado del Centro de Santiago. Luego de abandonar la casa de García Reyes, la familia se separó, con mi padre recién llegado del extranjero, volvimos a Maipú, donde lo más interesante que había era el Templo y la línea férrea poco después de la separación entre el camino a la comuna y la entrada a Melipilla. La casa en la que habité por aquellos años, hasta mediados de los ochentas, eran todas iguales, pegadas a una al lado de la otra y la Avenida Pajaritos no presentaba la imagen remodelada la actualidad. Lo antiguo causaba en mi cierta angustia y rechazo, los escombros o las mansiones deshabitadas un temor exacerbado, no comprendía la historia que se atesoraban detrás de aquellas fachadas, ni en los adoquines o las vías del Trolley aún visibles, ni de los viejos emporios y los viejos sentados en la plaza. Muchos años después, fui no solo acostumbrándome a este paisaje, sino valorándolo más que ningún rincón de esta ciudad, transformándose además en el motivo de los relatos que les contaré en los próximos capítulos.

Fotos de A.C.


Tuesday, November 04, 2008


Lluvia mendocina



El dieciocho de Septiembre no desperté de la resaca del día anterior pensando en recuperarme en una fonda del Parque O’higgins, no desperté con el estribillo de “allá va la muerte, me está esperando…” , no desperté con el aroma de la carnea la parrilla diseminada por la brisa callejera, no desperté pensando en que pasaría la caña con una cerveza en el Touring, frente a la Estación Mapocho, palpando en el ambiente el ánimo festivo y descontrolado de la gallada, yendo y viniendo del mercado o la vega con carne, mariscos, verduras y todos los ingredientes de la larga celebración que se avecinaba. Abrí los ojos y luché por que el dolor de cabeza me dejara abrirlos aún más, hasta que pudiese ver el esplendor de la Cordillera de Los Andes, cruzando al otro lado rumbo a Mendoza. Parecía un sueño, estaba todo blanco, yo lo único que tenía ganas era de dormir, pero la voz de Patricia me hizo reaccionar y luego una cerveza Andes casi logró reanimarme por completo, hasta que un nuevo bajón me derrumbó. Me perdí todo el zigzagueo nevado, me rendí nuevamente al sueño. Unas horas más y ya estábamos en Mendoza. Era un zombi, apenas la sombra de un mutante que ni siquiera lograría inquietar a niño miedoso. Hasta que paramos en el primer restaurante y frente a mi llegó un sonriente y rosado trozo de lomo acompañado con vaso de vino, era yo nuevamente, renacido de la última empanada, del último “Bin Laden” del día anterior en “Donde Robin” cerca del barrio Yungay. Las pequeñas vacaciones habían comenzado.
Las noches mendocinas tenían un encanto extra por aquellos días, así debía sentirlo cualquier chileno, en teoría por lo menos, estaba todo dispuesto para ello; una especie de fonda en la Plaza Chile, con un gran escenario donde desfilaban grupos folclóricos y la música envasada mantenía a todos los compatriotas sintonizados a la distancia con las Fiestas Patrias. Pero al menos para nosotros no fue así, no pude permanecer más de diez minutos en aquel lugar, porque las tonadas, las cuecas, los bailes chilotes comenzaron a provocarme una terrible nostalgia, no había borrachitos deambulando, ni el pueblo en busca del reventón, había turistas buscando un baño de chilenidad, rememorando una postal dieciochena a kilómetros de su hogar, todo ordenado, todo compuesto, ni una sola cumbia, una tonadita, la salsa fue lo único que agradecí que no estuviera. No lo soportamos.
Entonces no quedaba otra que buscar un panorama en el amplio abanico nocturno y culinario que ofrece Mendoza. Adiós dieciocho.
La mayor gracia de esta ciudad no es que es que sea más barata, aunque en realidad lo es, sino que los precios que ella ofrece, en relación a la preparación, ambiente y calidad, en nuestro Santiago no lo podemos obtener, a menos que paguemos el doble de lo que gastamos allá. La carne que consumimos en nuestros restaurantes más clásicos (dejamos de lado la parrilla a $10.000 que desata la locura en el Parque O’higgins) es muy buena, pero la del otro lado es temible, pero a parte de la carne, jamás nos servirán un plato con verduras congeladas, un vaso sucio, un cubierto con restos de comida, hasta la bebida más común nos es servida en copa. La amabilidad es otro punto importante, no es que aquí no encontremos garzones amables, solo que allá casi todos son amables, muchos jóvenes, muy jóvenes trabajando prácticamente todo el día, niños, que como diría una amiga, deberían estar jugando y no trabajando, permanecen apostados en las entradas invitando a la gente a entrar a los locales, todos muy compuestos y llenos de caballerosidad, exentos de aquella picardía que a veces llega a ser un tanto agresiva en los nuestros. Hay cierta alegría, afabilidad y relajo que lamentablemente es algo que nos hace muy distinto a ellos, noto demasiada agresividad y amargura en nosotros.
Cierta cultura cliché de turista nos hizo tomar un viaje por algunas viñas y una pequeña industria de aceite de oliva. Solo les puedo decir que jamás hagan un tour del vino, es una soberana lata y verdaderamente la copa de degustación es una real cagada, un gasto absolutamente prescindible. Mil veces mejor es pasear por las calles de Mendoza y detenerse a observar algunas manzanas muy bellas y cuidadas, o sentarse en una de sus grandes y magnánimas plazas, la verdad es que se tiene otro concepto del espacio, todo es más grande, más amplio. Los barrios residenciales son apacibles y prácticamente no vemos gente transitando en sus calles, Emilio Sivit es una de ellas, en donde lucen variados estilos arquitectónicos en sus casas y edificios, con verdes y floridos jardines que contrastan con los espacios públicos donde la vegetación no es muy abundante, por el alto costo del agua. Esta avenida comienza justo al frente del majestuoso Parque General San Martín, que posee una arboleda sencillamente inolvidable y sus anchas e interminables calles son un especie den paseos dentro del Parque mismo. Aquel día no tenía el menor ánimo de caminar o siquiera intentar recorrerlo, por lo que terminé tendido en el largo y descuidado pasto, realmente costear la mantención de aquellos prados y árboles debe significar una fortuna, pero le vendría muy bien al recinto una cortada más continua.
Adentrándonos al sector céntrico, se abre la zona comercial, con innumerables negocios y restaurantes. El concepto de Fuente de Soda, derechamente no existe, por más sencillo que sea un lugar es a fin de cuentas un restaurante, algunos de ellos elegantes y ostentosos. Esta zona céntrica me recordó un tanto al centro de Viña del Mar más que al paseo Ahumada, se podría decir que conserva ese aire de provincia, que no es tan aplastante ni frívolo como el de la ciudad. La gente se ve relajada, sonriente y bien vestida, sin embargo, se aprecia obviamente gente de extracción más humilde, su condición es notoria, por su vestimenta y por su aspecto general, esto también incluye su tono racial, los más pobres siempre son los más morenos, también son los más delgados, más enjutos y más bajos, los desplazados, muchos de oficio indeterminado y otros vendedores ambulantes. Esta zona céntrica también tenía otra cara, algunas cuadras más allá nos encontrábamos un barrio similar San Diego o Franklin, con comercio y gente de extracción más popular, los jóvenes más delgados y sus ropas con hechura a la moda, pero significativamente más modesta en calidad.
Cuando les hablo de Mendoza no quiero dar la sensación de que estamos frente a un país desarrollado, tenemos algunas negligencias en los servicios y diferencias sociales ostensibles que nos distinguen como países del tercer mundo, me bastó ver el sistema de recolección de basura el día domingo en la mañana para finiquitar este juicio, un camión Volswagen del año 60 con los recolectores de basura recogiendo los desperdicios con una pala. Sin embargo, hay un concepto del turismo más desarrollado, uno se va con la sensación de que las cosas están bien preparadas para cuando uno vuelva la siguiente vez, hay un sentido de elegancia no tan demodé como algunos barrios emergentes, sino que más genuino, centrado en la calidad integral del servicio. Bueno, un dieciocho lejano, no sé si volvería a dejar la ciudad para estas fechas, pero lamentablemente, es una de las pocas instancias en que se nos dan tantos días libre y a veces es bueno conocer.

Tuesday, June 24, 2008


Los conflictos de la inteligencia o los tontos útiles


Generalmente las personas con un grado de inteligencia mayor, tienen más mal humor que las normales o poseen una personalidad más conflictiva que puede resultarnos más avasalladora, ante ellos damos un paso atrás y las esquivamos. Esto me hace pensar en amigos muy cercanos, cuando entramos en arduas discusiones o simplemente cuando andan atravesados y no se les puede hablar o sacarlos de sus esquemas. Pero mi paciencia es mayor con ellos porque comprendo que son personas especiales, fuera de lo común.
Aquellas personalidades asustan a cualquiera, sobre todo a los temeroso o fanfarrones en busca de estrellato, su postura es un poco más agresiva, déspota y hasta pedante en muchas ocasiones, sin embargo, eso no les resta méritos para ser escuchados y considerar sus ideas, que pueden ser de mucha utilidad o pueden significar un aporte en cualquier campo. Aunque tienen una gran aceptación en su ambiente de trabajo y una gran cantidad de amistades, ese temor que despiertan en algunos, no les permite estar en el círculo de los favoritos de profesores o de alguien que ostente un grado de autoridad, si bien alaban su inteligencia y capacidad, no todos los quieren cerca. Ellos prefieren a gente que siga su venia, a los que tienen un discurso tibio, medido, controlado, positivo como le llaman ellos, en una palabra, calculadores, que buscan afanosamente caer en gracia, para no despertar sospecha, con discursos propicios para escalar lugares u obtener trabajos.
Interactuando en materias estudiantiles o laborales, observo con tristeza que quienes tienen posturas más definidas o más duras y críticas no ocupan lugares de confianza, los que no manifiestan temor a la autoridad y se paran de igual a igual generan distancia. Los cargos directivos o académicos de más alto rango se fían de quienes no presentan ningún riesgo de opinión divergente o los que puedan representar algún grado de competencia en cuanto a conocimientos.
Los conflictivos no tienen espacios privilegiados, o tal vez si, se los mantiene cómodos, pero aislados, sin que se los moleste, pero lejos de la autoridad. Hablo de los conflictivos por intelecto, a los que deseo distinguir de los envidiosos, insidiosos y venenosos que representan otro tipo de conflictos dentro de cualquier organización. ¿Acaso no estamos perjudicándonos al desligarnos de la gente pensante? ¿Es preferible tolerar la mediocridad a la capacidad? ¿Por qué se nos es tan difícil manejar sin temor a los que piensan distinto? La autoridad comete el grave error de acoger a quienes tienen menos que aportar, en vez de lograr entenderse con personalidades más complejas, ¿será que ellos tienen mucha mediocridad que ocultar? Si yo soy una persona segura de lo que sé, no tengo porque tenerle miedo a gente que tal vez sepa algunas cosas que yo no, ese complemento haría tal vez una buena sociedad, ¿porqué los superiores no tienen a su lado a personas que sepan más que ellos en algunas materias?, esto no significa que un funcionario que posea más conocimiento sepa coordinar mejor o sacar un proyecto adelante, generalmente son más inoperantes en este sentido, el intelectual también posee sus carencias. Pero no, la autoridad actual lo quiere todo, poder, control sobre los demás, infundir miedo, división, es profundamente totalitario, irónicamente son los primeros en defender la diversidad económica, religiosa, política etc., etc.
Creo que nos estamos perdiendo la oportunidad sobre todo en nuestro rubro de contar con gente diferente y favorecer lo hueco, el entusiasmo demagogo e histérico de algunos jóvenes profesionales emergentes que poco tienen que aportar y que, sin embargo, se les da demasiada voz, exaltándolos como ejemplo de lo que debiera ser un buen representante de la bibliotecología del futuro. Seguramente esto debe ocurrir en otras profesiones. Hay una amplia gama de jóvenes que lo único que aspiran es alcanzar notoriedad, llamar la atención de nuestras figuras para que las tomen en cuenta, siento decirles que esto puede traernos más perjuicio que beneficios y caer en una mediocridad de la cual será muy difícil de sobrellevar. Las nuevas ideas necesariamente buscan derribar lo obsoleto, lo estancado, esto no es apoyado en su justa medida, penosamente también por aquellos profesionales que se mueven en el ámbito académico, lamentablemente no hay otra manera de avanzar sino es con estilos renovados, que propongan cambios genuinos en nuestra forma de ver la cultura de la información o nuestra información sobre la cultura y el conocimiento.

Thursday, March 06, 2008


Leyendo en Vacaciones



Esperando que llegara la hora de partir a la playa, actividad que marcaría el inicio de mis vacaciones veraniegas, decidí amenizar mi espera viendo uno de los estrenos del verano en DVD recién llegado a una de mis amistades, “Soy Leyenda”. No tenía ni la menor fe hasta que un amigo de criterio confiable me comentó que la consideraba una buena película y además el rostro consternado de mis padres una noche de domingo mientras la veían. Voy a aludir a la menospreciada actividad de la lectura a través de un breve comentario de esta película. El personaje interpretado por Willy Smith –quien de vez en cuando sorprende con algún rol dramático, recuerdo “Enemigo Público” de Tony Scott o “Alí” del sólido Michael Mann- aparentemente el único sobreviviente de una vacuna anticancerígena que terminó con la mayoría de los habitantes del planeta en el año 2009. Las solitarias costumbres de este ermitaño apocalíptico eran bastante singulares, no por la excentricidad de estas, dejando de lado algunas excepciones que la situación imponía, como cazar venados que escapan velozmente entre centenares de automóviles abandonados en las calles de la ciudad o jugar golf en la proa de un barco de guerra, sino más bien porque repetía los mismos ritos de cualquier mortal fiel representante de una sociedad de consumo chatarra; transitar en auto a todas partes, ejercicio físico casero (aunque en este caso también tenía un segundo propósito), ver televisión durante el almuerzo o cena, finalmente el personaje no aparece leyendo ni un solo minuto, todo su acervo cultural y recuerdos emanan de los noticieros televisivos y las películas en DVD (con esto último no tengo ningún reparo), lo único excepcional era su afición a Bob Marley y la admiración que sentía por su mensaje pacifista. El film me hizo recordar lo que postula Humberto Eco acerca de las series televisas y el valor histórico o sociológico que adquirirían, por ejemplo, Dallas o Falcon Crest después de un Holocausto nuclear o algo así, su transformación en documento histórico o reflejo de la humanidad en aquella época si un individuo tuviese a mano como única expresión cultural un video y una cinta con la serie.
Luego de los intensos momentos que la película me hizo disfrutar llegó la hora esperada. En mi equipaje eché un par de libros que pretendía leer alternadamente. Una mezcla de letargo y relajo me impidieron entregarme por entero a la lectura o al menos avanzar como había planificado. La brisa marina alivia el agotamiento de toda una temporada laboral y estudiantil, mientras trato de sacar cuentas acerca de lo bueno y lo malo del año, resultando un virtual empate y lo que vendrá que es quizás a lo que tengo más terror, después de los treinta, me ha ocurrido que el mañana se presenta como una sombra ambigua, en una nube que oscila entre el gris de un temporal y el azulado de un hermoso amanecer. Ver a la gente divertirse tan inocentemente, es una algo para quedar pegado por horas, el mar y un montón de distracciones muy propicias para un distraído con problemas de concentración
En todas las playas que visité no vi a ninguna persona leyendo, ni un libro llenándose de arena ni con sus hojitas moviéndose con el viento costero. Una sola vez me tocó ver el insólito espectáculo de una pareja adulta cada uno con sendas novelas en sus manos y fue en la terraza de un hotel situada frente a la playa. Bueno, esto es sólo una constatación de una tragedia, no haré más alharaca al respecto, cualquier reflexión se las dejo a ustedes, lamentablemente ya me acostumbré, me di cuenta de ello, porque justamente este artículo se me ocurrió el último día cuando venía arriba del bus de vuelta a Santiago.

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