Pasadores Lectores
Una infracción insólita
En muchas bibliotecas no se les permite leer a los funcionarios que trabajan en los mesones de préstamo. Leer en el puesto de trabajo representa una mala imagen como institución, equivale a algo así como comer papas fritas o cabritas frente a los usuarios, sin embargo podemos chatear o navegar en Internet, ocultos por el inmenso traste de nuestro computador, pero no leer, cualquier cosa menos algo que delate que el funcionario pueda estar disfrutando de algo, es una actividad reñida con la concentración o una actitud correcta de servicio: “no están haciendo nada”, “están demasiado relajados”, entonces vienen las miradas suspicaces y al rato después un montón de pega inútil para mantenernos ocupados.
Leer en una biblioteca, funcionarios, usuarios, vigilantes, gente del aseo debería ser lo más natural del mundo en una institución como esta. ¿No será que se nos pegó cierta mentalidad milicoide después de tantos años? ¿o será ese chip de dueño de fundo que impera en las jefaturas? Muchos usuarios lejos de sentirse ofendidos por sorprendernos leyendo, preguntan que título tenemos en las manos y en ocasiones hasta toman nota para leerlo después. Es preferible para el jefe “sacar la vuelta” corriendo de un lado a otro con urgencia, como lo hacen algunos, en vez de permanecer sentado en su puesto leyendo. Incentivar la lectura dentro del cuerpo funcionarios podría inclusive disminuir el tiempo de “el chateo”, por ejemplo.
En el tiempo que Elizabeth era mi compañera, muchas veces compartíamos un libro juntos, es decir, nos turnábamos para leer en voz alta (para decirlo de alguna forma, ya que en realidad era en voz bien baja) un libro mientras nuestra jefa se hallaba en desconocidas labores a puertas cerradas en su oficina, hábito bastante sospechoso en un jefe, por ejemplo, mi actual superior permanece todo el día con la puerta abierta y uno sabe perfectamente lo que está haciendo, cerrándola cuando se reúne con otra de las tantas jefas a discutir temas que no todos pueden oír. El asunto es que así pudimos leer “Zanjón la Aguada” de Lemebel o “Diálogos en un tejado” de Edwards por nombrar algunos. Elizabeth una vez que se pone a leer un libro no puede parar, es una actividad indispensable y vital para ella. Casi siempre leía ella porque según su criterio yo era demasiado desabrido para hacerlo, digamos que ella lo hacía con más histrionismo y precisión. Cada vez que nuestra jefa salía de la oficina escondíamos el libro como si estuviéramos haciendo algo terrible.
Leer debería ser parte de nuestro trabajo, especialmente en aquellas bibliotecas en que es indispensable la recomendación de un libro. Y en cualquier otro tipo de biblioteca, leer no es “sacar la vuelta”, es aprovechar un minuto de descanso antes de la llegada de la marejada habitual de gente que solemos atender. Los pasadores de libros no son cajeros de banco, ni ejecutivos de cuenta, ni operadores telefónicos ni funcionarios del registro civil, con todo el respeto que me merecen estos oficios, somos personas que trabajan en una institución cultural y que el acto de leer durante los intervalos en que no hay gente debieran incentivarse y hasta incluso debiera ser tomado como una actividad e autocapacitación.
Lamentablemente este es otro tema que tiene que ver con la distancia, inconsecuente, que tienen muchos bibliotecarios con el mundo de la lectura. ¿Qué mejor campaña que leer a la vista y paciencia de todos? Los conceptos de seriedad, eficiencia no contemplan estos detalles, porque al finalmente eso son, pequeños detalles que nos hacen mejores.
Una infracción insólita
En muchas bibliotecas no se les permite leer a los funcionarios que trabajan en los mesones de préstamo. Leer en el puesto de trabajo representa una mala imagen como institución, equivale a algo así como comer papas fritas o cabritas frente a los usuarios, sin embargo podemos chatear o navegar en Internet, ocultos por el inmenso traste de nuestro computador, pero no leer, cualquier cosa menos algo que delate que el funcionario pueda estar disfrutando de algo, es una actividad reñida con la concentración o una actitud correcta de servicio: “no están haciendo nada”, “están demasiado relajados”, entonces vienen las miradas suspicaces y al rato después un montón de pega inútil para mantenernos ocupados.Leer en una biblioteca, funcionarios, usuarios, vigilantes, gente del aseo debería ser lo más natural del mundo en una institución como esta. ¿No será que se nos pegó cierta mentalidad milicoide después de tantos años? ¿o será ese chip de dueño de fundo que impera en las jefaturas? Muchos usuarios lejos de sentirse ofendidos por sorprendernos leyendo, preguntan que título tenemos en las manos y en ocasiones hasta toman nota para leerlo después. Es preferible para el jefe “sacar la vuelta” corriendo de un lado a otro con urgencia, como lo hacen algunos, en vez de permanecer sentado en su puesto leyendo. Incentivar la lectura dentro del cuerpo funcionarios podría inclusive disminuir el tiempo de “el chateo”, por ejemplo.
En el tiempo que Elizabeth era mi compañera, muchas veces compartíamos un libro juntos, es decir, nos turnábamos para leer en voz alta (para decirlo de alguna forma, ya que en realidad era en voz bien baja) un libro mientras nuestra jefa se hallaba en desconocidas labores a puertas cerradas en su oficina, hábito bastante sospechoso en un jefe, por ejemplo, mi actual superior permanece todo el día con la puerta abierta y uno sabe perfectamente lo que está haciendo, cerrándola cuando se reúne con otra de las tantas jefas a discutir temas que no todos pueden oír. El asunto es que así pudimos leer “Zanjón la Aguada” de Lemebel o “Diálogos en un tejado” de Edwards por nombrar algunos. Elizabeth una vez que se pone a leer un libro no puede parar, es una actividad indispensable y vital para ella. Casi siempre leía ella porque según su criterio yo era demasiado desabrido para hacerlo, digamos que ella lo hacía con más histrionismo y precisión. Cada vez que nuestra jefa salía de la oficina escondíamos el libro como si estuviéramos haciendo algo terrible.
Leer debería ser parte de nuestro trabajo, especialmente en aquellas bibliotecas en que es indispensable la recomendación de un libro. Y en cualquier otro tipo de biblioteca, leer no es “sacar la vuelta”, es aprovechar un minuto de descanso antes de la llegada de la marejada habitual de gente que solemos atender. Los pasadores de libros no son cajeros de banco, ni ejecutivos de cuenta, ni operadores telefónicos ni funcionarios del registro civil, con todo el respeto que me merecen estos oficios, somos personas que trabajan en una institución cultural y que el acto de leer durante los intervalos en que no hay gente debieran incentivarse y hasta incluso debiera ser tomado como una actividad e autocapacitación.
Lamentablemente este es otro tema que tiene que ver con la distancia, inconsecuente, que tienen muchos bibliotecarios con el mundo de la lectura. ¿Qué mejor campaña que leer a la vista y paciencia de todos? Los conceptos de seriedad, eficiencia no contemplan estos detalles, porque al finalmente eso son, pequeños detalles que nos hacen mejores.


7 Comments:
Considero que tienes toda la razón y me he entretenido con tu estilo jovial de escritura, me has hecho sonreir harto a las 2:53 am, me imagino que estoy algo desvelada ya que se escribe mejor a estas horas, las llamadas horas de iluminación por mi claro, pues es el tiempo sin tiempo, que uno se da para esto, enfrentarse a las letras humildes. Cada día veo con más susto como el sistema se come a la gente, la culpa la tiene el sistema y las reglas son claras respecto a que hacer y que no. Por mi parte no encuentro nada más bello que ver a un bibliotecario leyendo, ya que es difícil que lo quiera hacer con todo el trabajo que tiene y que pueda mantener la mente en tantas partes a la vez, algo admirable por cierto, y recuerdo a Paulo y un amigo que en cada vaivén de gente tenían un espacio para leer, mientras les pedía ayuda para cambiar mi literatura romántica, ellos con sus preferencias hiper fantásticas me hicieron conocer hasta a Paul Auster, muy alejado de la autoayuda y los temas psicológicos, mis preferidos; en fin la magia de un bonito proyecto.Y me parece interesante la alusión al chat, ya que una chateadora compulsiva como yo se siente tocada y le llama a la reflexión de la importancia de la inmediatez y el estar contactado, a la diferencia de leer un libro donde todo es construcción y el autor no nos habla en cuerpo presente. ¡Que los bibliotecarios puedan leer si lo desean y pueden cumplir sus funciones también!
Cariños
Paci
Pasadores unidos, jamás serán vencidos!
Besote.
pareciera que el mundo estuviese al revés verdad...
más que “insólito” es absurdo para quien trabaja en una biblioteca no pueda disfrutar e informarse a través de la lectura.
Quizás recuerden una encuesta que realizó tiempo atrás el Consumo Cultural y el Ine en que reveló
que el 60 % de los chilenos no ha leído un libro en doce meses, muy lamentable,
y esto es el fiel reflejo del porqué la educación en Chile es mala y mediocre
porque no se fomenta a la lectura.
Bien Pasador de Libros.
Hay un dicho que dice que las instituciones enferman de lo que pretenden sanar, queda clarisimo en tu cronica que las bibliotecas, en vez de fomentar la lectura, logran que sus funcionarios sean los que menos leen,plop!!!
En todo caso, me parece que es un tema muy interesante a tratar como ciudadanos, efectivamente, cuando voy a una biblioteca asumo (mas bien tendria que decir que tenia la ilusion) que la persona que me atiende es un lector voraz y que me podra guiar en la busqueda de mis lecturas.
Insolito que alguien a cargo de libros tenga la prohibicion de leer, seria bueno que enviaras esta opinion a biblioredes o la direccion nacional de bibliotecas, es mas, creo que les escribire un mail.
Buen estilo de escritura, felicitaciones.
Lamentablemente tengo que decir que no me parece una situación insólita, ya que las personas encargadas de disponer de las reglas en los lugares de trabajos son literalmente IDIOTAS, y estoy segura que en las Bibliotecas no opera la excepción.
Salud, La Negra.
El problema no es lo que se nos pego de milicos despues de tantos años, el problema es la maldita norma. No es lo mismo que el personal del staff de un cine coma cabritas mientras las venden, o que las vendedoras de tiendas comerciales se prueben ropa mientras atienden al cliente, que cuando un bibliotecario lee tras el escritorio en el que trabaja. Esta establecido "el cliente siempre tiene la razón" y creo que ninguno de los que gozamos con el placer de ir por un libro a la biblioteca nos molestariamos, porque e bibliotecario lee. Despues de todo, ¿no es leer parte del alma de un entendido en libros?
extraño trabajar en biblioteca, y con mi compañero Pipe. Eso ya nunca va a ser, sólo mantengo el puro recuerdo, y eso recuerdos al que me llevaste con tu escrito. Ta bonito. Si leer también es colectivo.
Saludos pa ti. Ta pronto.
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