El Pasador de Libros

Historias de un Pasador de Libros

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colaboraciones a: lawrence.ae@gmail.com

Friday, March 30, 2007

El Bandejón del Diablo.



Después de seis meses de cesantía, encontré trabajo en una biblioteca municipal, en una comuna antigua con arcas más que respetables, lejos de la realidad general de las bibliotecas municipales, siempre carentes de recursos y menospreciadas por sus autoridades. Después de unos días en mi nueva labor, nada me hacía presagiar que encontraría alguna amistad en dicho lugar, el perfil del personal mayoritariamente femenino y como sacado de un convento, no me estimulaba para nada que no fuera una relación circunscrita a un ámbito estrictamente profesional. Mis sentimientos de niño mimado me hacían presentir que no duraría mucho tiempo en aquella institución. Mis días felices como desempleado habían sido reemplazados por una temible e incierta rutina laboral.
Pasaron un par de semanas y volvió de vacaciones mi compañera Elizabeth, la que me había causado la misma impresión que el resto de las “niñas” que allí trabajaban, hasta que se interpuso entre nosotros un flyer que publicitaba un ciclo de “Cine Adicción” en el teatro Oriente, ambos lo miramos con entusiasmo comenzando una amena conversación de cine de terror y clase B. Me sentí realmente aliviado y la angustia desapareció por un tiempo, había en la biblioteca, insospechadamente, alguien que tenía gustos similares a los míos, incluso los más perniciosos que nos llevarían naturalmente a algunas noches de excesos.
Recuerdo el primer día de fin de semana, el primero de mi vida, un luminoso sábado. La noche anterior había comprado una botella de vino tinto y nos sentamos a escuchar música con mi ex pareja, era una especie de despedida de los días inocentes en que la jornada laboral era de Lunes a Viernes. Al día siguiente mi cuerpo amaneció extrañamente descompuesto, adormecido, partido y fatigado. Por eso cuando Elizabeth me propuso por primera vez beber una cerveza a la salida del trabajo sentí algo de preocupación por lo que podría pasar al día siguiente.
Semanas después, un día viernes, otra compañera me advirtió que el día sábado, nuevamente, vendría a trabajar con nosotros la directora de la Biblioteca Municipal, una autoridad con cuarenta años de servicio, jefa de jefas, lo que es mucho decir con tanto encargado a cargo de nada. Y eso no era todo, su presencia se debería a mi, una especie de inspección al nuevo funcionario. Entonces tuvimos que ordenar las estanterías como a ella le gustaba que estuvieran dispuestas, todo en orden, un sumiso pavor dominaba a “las niñas” en aquella jornada, para muchos la última de la semana, para nosotros el sexto día. Con Elizabeth decidimos ir de visita a algún bar después del cierre, atendiendo a nuestro deseo de relajarnos y compartir puntos de vistas que desahogarían nuestras contradicciones laborales.
Partimos en el “Cucú”, pequeño y antiguo lugar ubicado en la calle San Isidro a pocos metros de la Alameda, casi al frente de la esquina donde hacía varios años se encontraba el desaparecido Cinerama. La diminuta cantina era visitada por algunos ilustres como Jorge Yañez, el fotógrafo y bohemio Marcos Guachowski o el boxeador “Motorcito” Miranda quien tenía prohibición de beber y solo se servía un café con una paila de huevos mientras miraba la televisión. Yo había ido a aquel lugar un día 24 de Diciembre con el poeta – traficante de influencias Mauricio Barría y José Angel Manet, otro poeta pero mayor alcurnia literaria. En esa ocasión la comida había sido escuálida y el vino abundante, Manet hablaba de su posibilidad de obtener la beca Guggeiheim y comprarse una parcela en el campo, todo iba bien hasta que le comenté que había comprado de regalo para mi madre un disco de Roberto Bravo en el que interpretaba a Astor Piazzola lo que hizo estallar súbitamente en llamas; me comentó con ironía que “a ese” ya no le bastaba con haber arruinado las composiciones de grandes figuras de la música y ahora las había emprendido con Piazzola, “inaceptable”.
Después fuimos a un lugar de Santa Rosa, también antiguo, la hora pasaba entre copa y copa hasta que terminamos en Dieciocho con la Alameda, una clásica Fuente de Soda, yo lidiaba con la cerveza y la tristeza etílica de mi compañera, las canciones trasnochadas hacían lo suyo intensificando la melancolía de la velada. A esa altura ya había olvidado que la Autoridad máxima iría pocas horas después a conocer a la nueva adquisición de la biblioteca.

Llegó la hora irse. El jolgorio de la cerveza nos hizo olvidar que existe un mundo con necesidades que nos hacen víctimas de gentes que ven lo ajeno como un recurso de subsistencia. Tuvimos la mala idea de irnos por el bandejón central de la Alameda a la altura de Cumming. Caminábamos apurados rumbo a los taxis, cuando alguien detrás de nosotros nos llamó, un joven desaliñado y macizo preguntó la hora y luego pidió unas “monedas”, las dos preguntas claves que todo imbécil neófito o distraído ignora, Elizabeth me llamó como advirtiendo el peligro, pero yo no la tomé en serio y saqué un billete para dárselo generosamente al sujeto, el que no esperó un segundo y tomándome de la solapa de la chaqueta sin mayor fuerza me solicitó con alguna rudeza que le entregara todo el dinero y de pasada el reloj, sin pensar obedecí traumado por otro asalto sufrido un inocente y mágico 14 de Febrero, en el que dos sujetos tomaron un adminículo suizo que llevaba en la muñeca, regalo de mi preciada madre, esa vez fui intimidado por una ridícula navaja cuyo mango parecía hecho de huincha aisladora enrollada una infinidad de veces sosteniendo la parte metálica de un cuchillo desarmado. Consternados nos fuimos a casa de Elizabeth, la dejé en el living y me fui, se despidió con pena por mi estupidez. Cuando llegué a mi departamento me recosté a un lado de la cama y derramé algunas lágrimas sobre la almohada, luego me fui a duchar, ya no quedaba tiempo para descansar. Agarré la ducha telefónica e introduje el chorro de agua caliente en mi boca desesperado por limpiar mi interior algo atiborrado de cerveza. Tenía que ir al encuentro del león, con frialdad, sin llanto y con el mejor semblante del que podía ser capaz. La señora Eloisa Fauré me recibió con una amplia sonrisa y yo hice lo propio, no sin dolor y con un cargo de conciencia que apenas me dejaba moverme, el estado post fiesta como le llama Elizabeth, en que la culpa se apodera de nosotros al momento en que volvemos a la realidad y tenemos que hacernos cargos de nuestras responsabilidades, o irresponsabilidades. Uno de los diarios no había llegado así que me ofrecí presto a ir comprarlo, caminé por el parque con algo de alivio sorbiendo con ansias una bebida oscura comprada al pasar. Así transcurrió la jornada, lenta y penosamente, sensación que se intensificaba cada vez que miraba mi muñeca para ver la hora que nunca avanzaba.

9 Comments:

Anonymous Anonymous said...

En Lo Gallardo, pueblo chico de San Antonio, hay una calle al lado de la casa de mis abuelos que se dirige a las faldas del cerro, que se llama "
el callejón del diablo", decían las lenguas de antaño que por las noches se aparecía el diablo a caballo, vestido de negro. A ti se te apareció a pata. Me gustó mucho leer esta historia, aún así, pese al/los diablos, es tan agradable trabajar en biblioteca.
Abrazos!

9:50 AM  
Blogger Aщa said...

Me reí mucho..

Besos.

4:17 PM  
Anonymous Anonymous said...

This comment has been removed by a blog administrator.

7:52 AM  
Blogger Siempre said...

Venía a visitarte, a ver si tenías alguna otra cosa publicada. Y yo estaba segura que te había dejado un comentario. Pero segura que si y no está ná. Da igual, ya sabes que me gusta como narras las cosas.Y estoy segura que hacía mención a eso en el comentario desaparecido o no publicado o cualquiera de esas.
Te dejo un abrazo.

10:32 PM  
Blogger César-in said...

He pasado por una recomendación deñ sitio de mi amiga Siempre, y a pesar que erst oy atrasado para una cita, he querido dejarte un comentario...
¿Has vuelto a dar la hora de noche, casi a la madrugada?
Rico el ritmo del relato...

2:36 PM  
Blogger Coyote Sorge said...

tomé la decición de imprimir y leerte. así mejor


te postearé compáre


oye... date una vuelta:
toy principiando al fin con los programas de edición de sonido



CREAR!
CREAR!
CREAR!
CREAR!
CREAR!
CREAR!

http://www.myspace.com/coyotesorge



un abrazo socio Patán


Coyote.-

7:08 AM  
Anonymous Anonymous said...

shaaaaaaaaaa, te colgaron, andabai bendiendo la pescá i coperaste jajaja
llo pence que con la dama ibas a aser cosas mas choris, pero gueno, tanto tienpo sesante.

shaaaaaaaaa
la cagá la cagá

cogollo el feros

5:01 PM  
Blogger Sigrid said...

Buenas cronicas, me gusta el sentido y el ritmo de las palabras, felicitaciones.

5:20 PM  
Blogger Pacilla said...

This comment has been removed by the author.

1:49 PM  

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