El Pasador de Libros

Historias de un Pasador de Libros

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colaboraciones a: lawrence.ae@gmail.com

Friday, November 03, 2006


Breve Recorrido por la Biblioteca Nacional


Comencé a visitar la Biblioteca Nacional en mi época de estudiante secundario, en forma muy esporádica, pero me acuerdo que acudí a ella para completar algún trabajo. Comencé a ir con más frecuencia, y por interés propio, para ver revistas y libros de cine, en cuanto a los libros la colección no era muy fuerte, sin embargo yo cumplía el objetivo de entretenerme, especialmente con las publicaciones periódicas. Al terminar la secundaria en el verano del ’90 comencé a ir en busca de libros de pintura, me interesaba dar la prueba para entrar a Historia de Arte, pero lamentablemente no logré mi objetivo, entonces decidí estudiar Bibliotecología gracias a lo cual me saqué el servicio militar, nada me hacía presagiar que seis años más tarde terminaría trabajando en una biblioteca y menos que continuaría hasta ahora, prolongando así mi improvisada carrera en este oficio de pasador de libros.


Varias veces fui por placer en mis días de adolescencia, en aquellos tiempos había tiempo suficiente para la vagancia, lo que me resultaba muy reconfortante. Tenía muchas horas a mi disposición y los paseos por las calles céntricas y la biblioteca estaban muy unidos. Todos los jóvenes deberían aprovechar y ser conscientes de lo que significa tener tiempo para deambular por la ciudad, para callejear, o como suele decirse , con una expresión nada más errónea; “matando el tiempo”, que encuentro más apropiada para los días laborales, especialmente los pasadores o vendedores de cualquier tipo. Recorrer, mirar, parar en algún bar o restaurant para después continuar, es una de las grandes maneras que revivir y sentir que uno puede impregnarse de todo aquello que le interesa o descubrir algo que sabíamos que nos podría ser atractivo.

El enorme salón Gabriela Mistral donde se ubica en Fondo General y la sección Chilena, transmite una quietud semejante a la de una iglesia, los pasadores apostados a ambos extremos atendían al público de todas las edades que iba hasta allá. Recuerdo que eran mayores y vestían un delantal azul, nada muy estético, como auxiliares de escuela, lo que condicionaba mucho la actitud frente su propio trabajo; el libro para ellos parecía ser un objeto que iba de un lugar a otro como un artículo impersonal. El otro día sin embargo, vino uno de ellos, un caballero de pelo blanco en extremo delgado solicitando las ediciones que teníamos de “Las Flores del Mal”, ninguna edición le satisfizo: ¿cultismo?, ¿manía?, ¿buscaba algo preciso para un nieto ?, nunca lo sabré. Hoy en día, además de haber un personal más joven, la vestimenta también ha cambiado, luciendo un uniforme (nosé si esto es bueno) más cercano a un funcionario de oficina, más colorido al menos.

En esa época se usaba el sistema de préstamo por fichas, ahora todo es automatizado, me tocó ver incluso el sistema de fichas bibliográficas con que se clasificaban los libros antes de que llegaran los terminales con el sistema Aleph. Actualmente la biblioteca tiene un aire menos solemne del que había en la época de la dictadura militar, desde el pasillo de exposiciones hasta la cafetería, un poco recargada, donde estaban los antiguos ficheros, se ha logrado romper con la imagen de un templo inaccesible a los ciudadanos, la atención al público de parte de los pasadores también ha cambiado, se ha soltado y vuelto más amable.
Una sala especial es la Pablo Neruda, Hemeroteca, donde iba a revisar las revistas de cine desde el Ecran hasta la Enfoque, que lamentablemente duró poco y que se vendía en el Cine Arte Normadie, quien aún resiste a la quiebra y a la desaparición. Allí se pueden encontrar ejemplares de cualquier revista, no importado que hayan publicado tan solo un número, ese volumen único puede significar mucho en una investigación. En el otro extremo, se encuentra el Auditórium, espacio amplio, cómodo y con todas las características técnicas necesarias para cualquier tipo de conferencia; la última vez que fui se realizó una charla de Archivos Orales acerca de cocina y licores tradicionales, en donde un cronista, hizo un recorrido por los alcoholes que bebían los indígenas (como el Muday o trigo fermentado) hasta la llegada de los licores españoles que sometieron los paladares y conciencias de nuestros autóctonos y que finalmente se constituyó en un arma para los conquistadores, incluso hoy parece ser un buen artículo de destrucción masiva. Luego se presentó el famoso chef Guillermo Rodríguez con su lección de cómo hacer de un plato tradicional un manjar internacional y sofisticado, en una charla que parecía más propia de un programa de televisión.

A propósito de Archivos Orales, este departamento ubicado en el tercer o cuarto piso a cargo de la señora Michaela Navarrete, agradable y culta funcionaria que muestra un generoso amor por nuestras costumbres y expresiones culturales y que además parece mantener en esta sección una ambiente grato y armonioso de trabajo. Una vez me contó algo que me produjo una sana, pero inmensa envidia; un grupo de practicantes de la carrera de antropología estuvieron meses revisando manuscritos que se presentaron a lo largo de años en distintos certámenes literarios regionales, los cuales clasificaron por temas y autor, tarea que me pareció apasionante. La sección presenta archivos de audio con testimonios de cultores populares y personajes como campesinos u otros oficios que revelan ciertos aspectos de nuestra identidad que pueden sernos muy útiles a la hora de hacer cuentas apresuradas entorno a nuestro progresivo desarrollo como país.
Otro salón que solía frecuentar era el de diarios y microformatos, Sala Fray Camilo Henríquez, la que empecé a visitar cuando tuve que hacer una pequeña investigación para un trabajo literario hace un par de años. La emoción que se siente ante un documento de tiene cien años o más es realmente incomparable, mi compañera Elizabeth tiene un amigo apodado “el mongo”, historiador que viene a Santiago desde el sur, no solo a visitarla y beber abundante vino en el abismo oscuro que tiene como mansión, sino que también acudía a la sala de microfilms y Archivo Nacional, para revisar textos jurídicos, recurso que emplea cuando estudia un fenómeno del que no hay muchas crónicas en diarios, la última vez extrajo de allí las fuentes para un trabajo del desarrollo de la violencia en la zona austral de Valdivia, la que atribuía a la presciencia germana y su conexión con sectores conservadores de la zona, recurriendo a sentencias y fallos de principios de siglo.
En fin hay muchos otros espacios dentro de la biblioteca madre, un lugar que vale la pena visitar, gratuitamente, “por que sí” que a veces tanta falta nos hace, por culpa nuestra en varias ocasiones y otras tantas por la extensas jornadas laborales a las que somos sometidos.


1 Comments:

Blogger Siempre said...

Ah solo pasaba a ver si el desgraciado de bloguer se empeña en impedir que mi huella quedara aquí.
Hum
Saludos Pasador

6:10 PM  

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