Un Recuerdo de Stella Díaz
o ¿Cómo Que Abuelita Huevón?
Ha muerto la poetiza Stella Díaz Varín a los 79 años de edad.
Tuve la oportunidad de ver a esta escritora dos veces en mi vida. Una cuando fui invitado por un amigo a presenciar un recital poético al salón Ercilla de la Biblioteca Nacional, ocasión que aprovecharíamos también para promover una revista literaria que a duras penas lográbamos mantener a flote. Finalmente mi compañero no llegó, así es que me dispuse a disfrutar la velada completamente solo. Aquella vez leyeron, José Manuel Varas y Pía Barros en el género relatos y Stella Díaz junto a una joven poetiza cuyo nombre no recuerdo.
Cuando tocó el turno a la dama de cabellos blancos, cuya tez extremadamente blanca y sus labios pintados con un rojo intenso sentí una sensación bastante fuerte, no podría decir que fue de agrado, más bien me hallaba impresionado, sin poder despegar la vista de aquel mítico personaje literario. Una vez que comenzó su lectura la confusa impresión preliminar se transformó en temor, su voz, no obstante provenir de una mujer era inusualmente ronca y más bien lóbrega que lograba dominar el escenario completamente. Su voz profunda golpeaba el micrófono con una fuerza muy singular, los miles y miles de cigarrillos fumados y otras tantas copas de vino blanco daban forma a este cuerpo sonoro duro e intimidante. Una vez finalizado el encuentro literario, repartí las revistas que tenía y partí sin probar el clásico vino de honor.
La segunda vez, nos encontramos en forma premeditada. Mi compañera Elizabeth y Cristian, su más íntimo amigo, habían concertado una cita con ella y me invitaron para conocerla. Ambos tenían una relación muy amistosa con la poetiza, Elizabeth en su infancia vivió en el mismo vecindario. El punto de reunión era un pequeño y agrio barucho de la calle Salvador. La pareja de amigos tuvo que ir a buscarla y quedé solo con una botella de cerveza sobre la mesa esperándolos.
De pronto entró al lugar y avanzando con dificultad, la señora Stella, vestía de negro y con ropa modesta. Yo me levanté de la mesa y escuché la voz de mi amiga que me presentaba a la escritora. Estiré mi mano diciéndole “señora es un gusto conocerla”, mi palma quedó ridículamente estirada y ella al instante sin vacilar ni un segundo, como debe haber sido su actitud permanente en la vida me dijo, “¿Cómo que abuelita huevón?”. Estoy seguro que empuñó la mano que tenía pegada a la falda, ese puño blanco, grande y rugoso que había acariciado connotados mentones. “No Stella, te dijo ¿cómo está señora?”, le explicaron mis amigos que intervinieron justo a tiempo deteniendo un prematuro desastre. Entonces ella sonrió como lo hubiese hecho la madre más tierna y la noche comenzó.
En el lugar expendían solamente cerveza, la señora Stella se negó a tomar, no le gustaba, solo bebía vino blanco, para empezar. Pero aquella noche no andaba con ánimos de beber, lo cual era para preocuparse. Decía sentirse mal y nos dio a entender que fue a la cita sólo para estar un rato con sus amigos.
En un esfuerzo por darle ánimos y ver a la Stella Díaz de antaño llena de bríos bohemios nos fuimos al “Tequila” de la calle Irarrázaval. Lo primero que hizo el dueño del bar fue acercarse a nuestra mesa para saludar a la escritora. Le preguntó por su hijo, su salud y luego le hizo una advertencia, tenía que portarse bien porque la última vez había golpeado a un cliente armando un alboroto de proporciones. La reacción de ella fue como si alguien le hubiera dicho alguna insolencia, pero luego se comprometió a no protagonizar ningún escándalo.
La conversación se desarrolló a tropezones, la escritora estaba melancólica y débil, se sentía muy sola y además tenía la frustrante sensación de que su hijo no la quería, según ella sus nietos sentían el mismo desprecio, “ellos me odian, me odian” nos repetía con cierto histrionismo que la caracterizaba, era una anciana solitaria y pobre, esto último era absolutamente cierto. Stella Díaz había estudiado medicina, pero finalmente se dedicó a las letras, obviamente, esto no era ni el menor complemento para su exigua pensión. En ese tiempo ya había comenzado a hacer sus memorias con Claudia Donoso, quien además pareciera haber tenido acceso a los últimos escritos de la poetiza.
Sus sorbos de vino no eran como me los había descrito Elizabeth y Cristian, al seco y continuos. Fueron pocos y amargos. Tampoco quiso comer, mis amigos iban preparados para una noche llena de excesos, como las acostumbraban cada vez que se reunían con la señora Stella, “vamos a estar en un lado y después nos vamos a tener que ir otro bar, porque le gusta ir a varias partes y cuando tenga hambre hay servirle algo porque si no se enoja” me explicaban días antes.
Doña Stella me miraba a veces con ternura y otras con una expresión coqueta que no parecía abandonarla. Recuerdo sus fotografías de juventud, una mujer muy atractiva, un rostro muy parecido al de la diva francesa Simone Signoret, con unos párpados gruesos que rasgaban sus ojos llenos de una expresión que traslucía una exótica su sensualidad.
Nos repetía que no pensaba dejar que la muerte se la llevara, a golpes la expulsaría de su habitación si se atrevía entrar, luchaba con todas sus fuerzas para seguir viviendo y sobre todo para terminar de escribir el que quizás sería su último libro. Aquella noche mis amigos no tuvieron ningún inconveniente para ir a dejarla a su departamento, en otra época les hubiese significado un gran esfuerzo, ya que a pesar de que no era una mujer alta, si era maciza y fuerte, no quiero ni imaginarme como sería cargarla derrumbada por una extenuante jornada nocturna.
En la puerta del bar, antes de partir, rememoró con satisfacción como había sido el día en que conoció al dueño del “Tequila”. Un día ella se encontraba con otros escritores en una mesa, él la miraba constantemente, más tarde se acercó para hablar con ella, era un caballero y Doña Stella una joven pelirroja radiante de vida y dominada por una vitalidad incontenible, la observaba como si hubiese sido la mujer más hermosa del mundo. Antes de que ella se fuera, el hombre le dijo que deseaba hacerle un regalo, entonces llegó a su lado con un pernil inmenso, cocido y con todos sus atributos culinarios.
Su voz áspera resonó con más fuerza en los oídos de quienes la despidieron en la Sociedad de Escritores. Murió uno de los últimos personajes literarios que van quedando, de una época en que ellos no sólo escribían, sino que formaban parte de escena reconocible por todos y que tenía cierta influencia en nuestra sociedad, no se puede decir lo mismo en la actualidad, lamentablemente nuestros escritores contemporáneos, salvo excepciones, carecen del carisma de los antiguos. Literatura y escena están divorciados, mientras se siguen iluminándonos las últimas estrellas, Lafourcade, Parra, Jodorowski, Giaconi por nombrar algunos, ¿qué será de nosotros cuando ellos se hayan ido?.


5 Comments:
que será de nosotros cuando estemos botellas... ¿y el divino anticristo? a ese lo fueron
sae ermanito, no me ba creel, pero mi taita gualetita la conosio rearto a la loca, mucha beces estuvieron en la barra de bares de mala muerte tomandose unos gueno copete, y lo mejol, qe pare qe ce lleyeban vien, claro, al dia sigiente ninguno recordaa ninguna guea, por la caña digo, pero mi taita me disia, ayyer estube con la poeta guena pa la chucha, porqe la señora, y no lo digo yyo, lo dise mi taita, era seca, y me dijo qe la poeta no esta na muerta, anda de parranda no ma, qe a las finalke qea su poecia, su memoria y su juersa pa defeldel too lo injusto de la custion
cogollo
Gracias por la visita. Poco tiempo para leer tu blog, pero te juro que lo haré. (¿Jurar es pecado? Que gueno!)
Que potente su relato. Quedé vuelta al interior.
ufffffffff emoción
si, muy potente!!
quedé con ganas de salir de caravana con la señora!!
tuve una abuela amante de la parranda...garufa le decía ella.
salud, besos y abrazos!!!
Post a Comment
<< Home